Sindicatos buenos y malos

En octubre de 2004 llevaba apenas un par de semanas trabajando en la oficina de prensa de uno de los sindicatos mas grandes del sector privado en Washington, DC. Mi jefe era Greg D, un gringo un poco dramático pero eficiente como vocero oficial. Alguna vez lo vi debatir a Maria Bartiromo (en aquel entonces en CNBC) sobre las practicas laborales de Wal-Mart y sabia dar golpes arriba y abajo del cinturón con mucha gracia. Cuando me mandaba a cubrir eventos de relevancia para los sindicatos, al regresar me decía “resume en 100 palabras o menos de que se trató.” Nunca me tomé la molestia de contar mis palabras, ni creo que él alguna vez llevó la cuenta.

El caso es que, con motivo del mes de la hispanidad, se me dio la tarea de hacer alguna publicación en español. No recuerdo si era parte del tiraje de millón y cacho de boletines que se mandaban trimestralmente a los agremiados. Como quiera, Greg me llamo a su oficina para darme algunos tips: a los latinos les gustan los colores cálidos (naranja, rojizo, etc.), además, debería usar siempre la palabra “unión” y no “sindicato” para referirme a los de marras. 

—¡Oh! – dije levantando una ceja.

— Es porque la palabra “sindicato” evoca la corrupción de los sindicatos latinoamericanos, en particular los mexicanos.

Le recordé gentilmente que en ese momento los Teamsters se encontraban intervenidos por el Departamento de Justicia, por corrupción, y que no muchos años atrás el secretario tesorero nuestro, cuya oficina estaba solo unos pisos arriba, había sido encausado por la misma razón. 

— Pero en EE. UU. los sindicatos son independientes del gobierno, me aclaró.

Ándele Pues. 

Ahí si me tuve que morder la lengua. Esa misma mañana me habían “sugerido” ser voluntario para la operación de GOTV (sacar el voto) que consiste en visitar gente casa por casa para recordarles que salgan a votar. Nuestro mensaje era la importancia de esa elección (y cada elección desde que llegue aquí en 1999). “Si los demócratas no ganan, los republicanos van a pasar leyes en contra de las uniones” (lo cual no es mentira). El mismo mensaje de pánico lo tuvimos que dar en 2008, 2012, 2016 y 2020. En ninguno de los casos, cuando nuestro candidato gano (2008, 2012 y 2020), hubo cambios sustantivos.

Me acordé cuando en 1993 rehicimos el sindicato del Instituto Nacional de Cardiología “Ignacio Chavez” desmantelado ilegalmente por el director gansteril Jorge Soní. Aunque mi participación fue modesta, pues en esos días me importaba más hacer la revolución, una vez que logramos el reconocimiento se debatía lo que se iba demandar en el contrato. Pero en eso apareció el SNTSS ofreciendo una afiliación a cambio de acceder de inmediato a los términos de su CCT existente. Todos se entusiasmaron y firmaron en la línea punteada. Yo me bajé del barco (y nadie lo notó porque ¿quién carajos era yo?)

Pero si quedaba algo claro para mí: el amasiato entre los sindicatos corporativos y el oficialismo en México resultaba en prebendas contractuales. El amasiato entre los sindicatos “independientes” de EE. UU. y un ala del consenso bipartidista neoliberal apenas y resulta en promesas incumplidas.

***

Uno de los reclamos legítimos del sindicalismo estadounidense respecto a la inminente firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), proceso que comenzó George Bush padre y lo terminó Bill Clinton fueron las pocas garantías de que los industriales gringos no moverían su manufactura al sur de la frontera para buscar mano de obra barata y un marco regulatorio mas cómodo para su vorágine de explotación. A la postre, este temor se hizo realidad. 

Con el ascenso al poder del populismo de derecha de Donald Trump, y su agenda de revisión del TLCAN, el sindicalismo gringo tuvo una nueva oportunidad revisión del apartado laboral del nuevo instrumento internacional (no en vano el difunto Trumka acudió de inmediato a la Casa Blanca recién instalado el hombrecillo naranja, y no solo para ver si la construcción del muro fronterizo podría llevarse a cabo con mano de obra de los “building trades”). El resultado es el TMEC, con su flamante Capitulo 23 y sus anexos laborales. Cabe señalar que uno de esos anexos aplica únicamente a México. Delinea punto por punto, las Convenciones Internacionales que México debe ratificar y los ajustes en su legislación para fomentar la libre asociación y la negociación colectiva efectiva. Todo eso está muy bien.

¿Y el anexo para EE. UU. pa’ cuando apá? 

Para empezar, EE. UU. apenas ha ratificado dos de las ocho convenciones fundamentales de la OIT, ninguna en lo relativo a la libertad de asociación, derecho a huelga, o negociación colectiva. Y las leyes actuales, que han tenido poca o nula actualización son constantemente debilitadas por reinterpretaciones de la Suprema Corte y su estilo medieval del derecho llamado “common law.” Vamos, poco o nada se le ha cambiado a la letra de numerosas leyes, pero el máximo tribunal, compuesto por jueces altamente politizados, crea nuevas interpretaciones de los mismos textos.

Por ejemplo, en Hoffman Plastics, el tribunal decidió que, aunque se comprobara que un patrón actuó de manera ilegal despidiendo a un trabajador por querer mejoras laborales, si este es indocumentado, no hay manera de recuperar salarios caídos. Es que mintió el trabajador, dicen. Como si no quedara en el patrón el poder absoluto de verificar la autenticidad de documentos. Los patrones gringos saben quiénes tienen documentación en orden y quien no. Prefieren a los que no la tienen, porque eso garantiza su silencio y docilidad. Ya no digamos que la ley no le da facultad a la agencia encargada de hacer cumplir la ley laboral para imponer multas u otros métodos de coerción legal. Decisiones así hay muchas más, la más reciente es la de Janus, que pone traba sobre traba a los sindicatos del sector publico para establecer sistemas de fondeo estables. 

Y poner denuncias ante la OIT no tiene ningún efecto. El caso Hoffman Plastics generó una queja conjunta de la AFL-CIO y la CTM (¡oh!). La OIT pidió explicaciones al gobierno de EEU, y este aclaro que no era cierto que fomentara la impunidad. ¿Saben? Los patrones tienen que poner a la vista una hoja que dice “hemos sido malos, no lo volveremos a hacer, y si lo hacemos de nuevo aceptaremos el castigo de poner este aviso otra vez.” La queja languideció en las entrañas de la burocracia de la OIT por años. Finalmente se retiró durante la administración de Obama porque también acá se acostumbra solo hacer ruido cuando el mal lo hacen los del otro partido. 

El derecho real a huelga no existe en EE. UU. Todo en la ley está diseñado para que los patrones retengan el poder durante un conflicto laboral. Así no se pinchis puede. 

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