Para el año de 2006, apenas a siete de haber llegado a los EE. UU. ya tenía la urgencia de regresar a México. El 14 de enero de ese año murió mi papá y recuerdo que ese sábado tenia a mi hija conmigo. Le expliqué que desafortunadamente tenía que llevarla de regreso con su mamá y ella fue muy comprensiva.
— ¿Lo vas a extrañar? — me preguntó con empatía. A sus cuatro años entendía la dimensión del asunto y tenía la inteligencia emocional para reaccionar que yo no me esperaba.
El funeral fue triste pero sobrio. El había sufrido una calidad de vida muy pobre debido a varias embolias y la diabetes. Para él si era un descanso. No fue si no hasta el regreso que sentí el golpe emocional. Recuerdo estar sentado en el avión de vuelta a Denver recargado en la ventanilla cuando de repente me llego un llanto incontrolable. Era la sensación de soledad, aislamiento, presión psicológica, y otros sentimientos que confluían con la perdida.
Mi intención era volver lo más pronto posible a México. Pero enfrentaba la realidad de que regresar así nomas implicaba perder la visa de residente y ver a mi hija sería estar a merced de los Little Eichmans de la embajada estadounidense que ya habían humillado a mis padres un par de veces negándoles la visa con lujo burla y desprecio. Eso aunado a las experiencias recientes de agresión por parte del fascismo de la ley y el orden gringo. Por eso me mordí uno y me aprete el otro e inicié el proceso de naturalización.
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Después de pasar por todas las pruebas, me citaron para el miércoles 13 de diciembre de ese año para jurarle amor eterno al imperialismo del destino manifiesto.
Dio la casualidad de que la alta burocracia del sindicato donde trabajaba decidió hacer una cumbre de personal de campo justo del lunes 11 al miércoles 13 en Washington, D.C., por lo que tuve que pedir permiso para ausentarme el ultimo día. Volaría la noche del 12 de regreso a Denver para mi cita con el destino.

El día de la virgencita de Guadalupe todo parecía normal. Estábamos en plenaria con algunos discursos vacíos que se me olvidaron al día siguiente. De pronto, todos los Blackberries (el equipo electrónico de moda previo al advenimiento del iPhone) comenzaron a sonar. Serían como las nueve de la mañana. Directores de Región, de las divisiones de procesamiento de alimentos y empacadoras de carne, de derechos civiles, todos al principio trataron de ignorar las llamadas insistentes, pero terminaron saliéndose de la sala de juntas a tomar las llamadas.
La administración de George W. Bush, en su infinita hijodeputez había decidido lanzar redadas coordinadas en seis plantas de matanza y empaque de carne de res y cerdo. Cinco de ellas representadas por nuestro sindicato en Iowa, Texas, Colorado, Nebraska y Minnesota. La sexta planta sin sindicato era la de Utah.
La situación era caótica. Se sabía de más de 1,200 inmigrantes arrestados, más algunos que ni siquiera eran inmigrantes pero que fueron arrestados por su perfil racial. Habían llegado por la mañana a las plantas de manera coordinada, cerrado puertas, bloqueado accesos. Los hombres y mujeres aterrados por la indiscriminada detención se escondían entre la maquinaria, entre el ganado, entre los lagos de estiercol. En cuestión de un par de horas, familias quedaron hechas trizas. Papás y mamás no llegaron esa tarde a recoger a sus hijos. Algunos fueron deportados de manera expedita. Al final había unos 1,200 en centros de detención en los seis estados.
La misma noche del 12 de diciembre estaba volando de regreso a Denver para mi ceremonia de naturalización del 13 por la mañana. Cuando aterrice tenía algunos mensajes de mi exjefe en la oficina de prensa: el local de Colorado (lo que en México son las Secciones Sindicales) solicitaba a alguien que hablara español para atender a la prensa en una conferencia por la tarde del 13 y como Denver era mi casa pues me estaban mandando a responder preguntas.
Las relaciones entre el sindicato local y el nacional (Internacional, les llaman los gringos) había sido tensa por varios años. Llevaba más de dos años trabajando para la Internacional y nunca había pisado las oficinas del local. En general, no éramos bienvenidos. Por eso me sorprendió que no solo pidieran mi ayuda, sino que me pusieran a hablar en nombre del sindicato frente a cámaras y micrófonos.
Para crédito al local, ellos ya habían iniciado medidas agresivas para responder a las redadas. Para empezar, habían metido un proceso llamado “writ of habeas corpus” o una especie de amparo para forzar al Immigration and Costums Enforcement (ICE) a encausar o liberar de inmediato a los detenidos. También tenían abogados de migración representando a los afiliados detenidos en las audiencias en los tribunales de migración las cuales comenzaron casi de manera inmediata.
El presidente del local, quien había estado atento a mi interacción con la prensa en español me comentó que tenían el problema que las abogadas que tomaron la representación de nuestros afiliados no hablaban español y me pidió que me incorporara a ayudar en la traducción. Un par de años atrás, mientras buscaba como sobrevivir en el imperio, había comenzado el proceso de dos años de certificación de la judicatura federal y tenía certificación parcial. Estaba familiarizado con el vocabulario legal. Sin embargo, tenía un vuelo a Los Ángeles para el lunes siguiente, puesto que preparábamos las negociaciones de los contratos colectivos de trabajo de los supermercados del sur de California que en la huelga de octubre del 2003 a febrero del 2004 había sido severamente debilitado. Sugerí que él pidiera mi ayuda directamente a la oficina del presidente y en Washington autorizaron de inmediato.
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Las siguientes dos semanas fueron terribles. Debido a la saturación del centro de detención de ICE en Aurora, Colorado, solo podíamos acceder vía telefónica a los detenidos después de las 12 de la noche hasta las 6 de la mañana. Según era un problema de saturación, pero yo lo entendía como la perpetua tortura psicológica a los detenidos y la obstaculización de los servicios de representación. A las 8am comenzaban las audiencias en el tribunal de migración dentro del centro de detención, así que apenas daba tiempo de darse una ducha e ir desvelado a las audiencias que duraban toda la mañana y parte de la tarde.
Las dos abogadas contratadas por el local sindical eran de una oficina pequeña. La principal era griega, la asociada era palestina. Rania Gazawi, como su nombre lo implica, era de una familia de refugiados provenientes de la Franja de Gaza. De inmediato hicimos mancuerna por razones etno-ideológicas. Le conté como muchos lideres sociales en Latinoamérica fueron palestinos, particularmente en Centro América, donde resalta Shaffik Handal, líder extinto de la guerrilla salvadoreña. Al principio le aterraba oír que sus paisanos estuvieran involucrados en movimientos armados en Latinoamérica, como abogada de migración muchos de sus clientes eran refugiados de guerras civiles. “Desafortunadamente el colonialismo, y afortunadamente la lucha de liberación, son iguales en todo el mundo,” dije. No sé si la convencí. Tampoco sé que piensa hoy de la legitimidad de las luchas de liberación cuando Gaza se encuentra sumida en un genocidio horripilante. Honestamente pienso en ella últimamente con preocupación. Debido a mi constante movimiento por razones de trabajo, le perdí la pista a pocas semanas de terminada mi misión, como ya es costumbre.
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Era época de las primeras posadas navideñas. Comenzaban las primeras nevadas decembrinas de mayor seriedad. Ya contaba los días para irme a pasar las fiestas decembrinas a México con mi hija. Estábamos en el último tirón de audiencias. Para colmo, empezaba a sentir síntomas de gripa. Días antes una fuerte tormenta de nieve cerro las calles. Yo me aventure caminando a una tiendita para comprar algo de comer puesto que como vivía solo (excepto cuando tenía a mi hija), y viajaba constantemente, nunca tenía comida en el departamento. Pronto me di cuenta de que no estaba nada preparado. Entre las diez cuadras de ida y vuelta a la tienda volví con los pies empapados en agua de deshielo. Unos minutos más y habría entrado en choque hipotérmico. Tenía los pies morados y un dolor intenso cuando llegue a meterlos en agua tibia.
Esa mañana llegamos al tribunal, sentados en el área reservada para abogados, Rania y yo esperábamos a los clientes cuyos casos serian escuchados ese día. En otra sección un poco más atrás estaban los familiares. La mayoría de los detenidos eran hombres. La mayoría de los familiares eran esposas con sus hijas e hijos.
Había entre ellas una señora de unos treinta y tantos, con su hija de la edad aproximada de mi hija, unos cuatro años. En eso comenzaron a entrar los detenidos con casos en turno. Un par de filas de cinco detenidos juntos, todos con el uniforme presidiario encadenados uno a otros por los pies. La escena era siempre lúgubre: gente criminalizada por trabajar. Pero ese día fue peor.
Una niña de esa edad no necesita tanto para ver a su padre demacrado, encadenado, apenas vivo y reaccionar cómo reaccionar: “Mi papá! ¡Mi papá!” comenzó a gritar mientras trataba de ir a él. Su mamá hacia lo posible por contenerla, pero ella trataba de zafarse para ir hacia su papá, un hombre de aproximadamente mi edad. “No! ¿Por qué está así mi papá?” La cara ya de por si marchita de aquel hombre se marchitaba mas al estar imposibilitado de hacer algo. Solo se le nublaron los ojos de lágrimas y sinceramente también los míos. El hijo de su reputisima madre del juez, como todo buen burócrata del imperio, en la descripción perfecta de lo que Ward Churchill llamó “Little Eichmans”, ordenó que las sacaran a ambas, madre e hijas de la sala. Ambas fueron retiradas contra su voluntad, pero los gritos y llanto de la niña mientras hacía por su papá, cabizbajo y en cadenas, taladraba cualquier conciencia indiferente.
Unos imbéciles trogloditas de ICE nos dirían a Rania y a mi “pero ¿a quien se le ocurre traer a una niña pequeña a una audiencia?” Estábamos esperando a que procesaran a otro detenido al que le habían otorgado fianza y nos escoltaban unos gorilas de dos metros de alto por dos de ancho, con sus “pantalones tácticos” llenos de bolsas a lo imbécil. Uno de ellos era un pocho que probablemente era el orgullo de su chingada madre en una familia sin identidad. “¿Son pendejos, o se hacen?” es lo que realmente quería preguntar, pero el cálculo de fuerzas me lo impidió. Para empezar, ¿quien en ese nivel de ingresos tiene el dinero para dejar a su hija encargada en un país donde todos tienen que trabajar hasta en dos o tres lugares para sobrevivir? Segundo, acababan de desmembrar familias enteras, arrebatando al padre, la madre, y varios casos a ambos ¿Quién querría separarse de sus hijos e hijas sin pensar que el capricho de un imperio no los separaría por siempre en un abrir y cerrar de ojos?
Esa tarde solo pude llegar a mi departamento, enroscarme en el sofá, y llorar como un chamaquito por horas. Solo me levante para trasladar mi rabia a la cama. La gripa, el odio, el sudor de la fiebre, todo formaba un jugo de rencor empapando las sábanas de mi cama. Estuve así por un par de días. Me reporte enfermo en el trabajo. Solo me sacó del bache… mi hija. Porque ya venía a pasar unos días conmigo y nos íbamos a México.

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